Parte de ellos...

Mostrando entradas con la etiqueta chica polar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta chica polar. Mostrar todas las entradas

día 276

Allí estabas tú un domingo por la mañana sentada en aquel banco de Majorstuen, cubierta de miles de capas de abrigo. Entre los guantes sujetabas esa rosa que él te regalo, esa que tienes guardada entre las páginas del libro de tu mesilla de noche. La gente te miraba al pasar y es que siempre has sido una chica muy peculiar. Pero tú no dejabas de sonreír como hacia mucho, mucho tiempo que no hacías.  Por aquellas fechas yo ni si quiera te conocía, pero da igual. Me lo contaste tiempo despué. Y sé que no fue él, que no fue la rosa, que fuiste tú. Que empezaste a ver un poco de luz en aquel Oslo que comenzaba a descongelarse. Y es que, a  veces, el viento del norte nos trae precisamente lo que necesitámos.

día 274

Y, así, como si nada, se creo la patrulla de cazadores de auroras boreales. Y se sustituyeron las noches sentada en la barra del bar, esperando que apareciera algún chico al que no le importara llevarse a la cama para echarlo a patadas por la mañana, por sentarse sobre de la nieve con cuatro matas y un termo a mirar las estrellas. Podían aparecer en cualquier momento, dejarte un mensaje en el móvil o llamar sin parar al timbre de tu casa. Que, aunque el frío noruego no consiguió descongelarte, te cambió la vida y lo necesitabas.

día 272

Y la nieve lo cubrió todo de blanco. Absorbiendo los colores, desdibujándolo. Incluso a ella. Se sentía tan perdida que ni si quiera se dio cuenta de que iba dejando huella.

día 266

Pulsar el botón de reset. Marcharte lejos. Pasar la tarde en un aeropuerto. Respirar ese aroma a idas y venidas donde se reflejan las partes bonitas de la globalización. Hablar un idioma que no es el tuyo. Sentarte durante horas a mirar como da vueltas a tu alrededor el sol de medianoche. Pasar frío a mediados de agosto. Llenar una maleta de jerseys de lana que, en cierto modo, te recuerden de donde vienes. A veces necesitas que tu vida vaya más deprisa. Y a mí no me queda nada para empezar a moverme.

día 254

Recuerdo un día que llegué a tu casa y tú no parabas de llorar. Yo ya había aprendido que era mejor no preguntar. Entonces de repente te levantaste y dijiste:
-The show must go on.
Te secaste las lágrimas te pintaste una sonrisa con el pintalabios rojo más fuerte que encontraste y saliste a comerte el mundo. Arrastrandome a mí del brazo.

día 249

Lo que sabes de noruego lo aprendiste de bar en bar y es que no es que te fueras precisamente a trabajar. No, tú saliste huyendo. Y es que hay recuerdos que duelen, duelen más que cualquier otra cosa y lo peor es que se quedan pegados a todo cuanto hay a nuestro al rededor. En aquella cafetería, en ese vestido, en aquel banco del parque. Se dividen en millones de trocitos que se esconden en todas partes y cuando menos te lo esperan te atacan por sorpresa. Así que no te quedó más remedio que coger todas tus cosas y marcharte lejos, a un lugar nuevo, libre de recuerdos y empezar de cero. Ni tú misma sabías muy bien porqué elegiste Noruega, pero allí que te plantaste, con una maleta diminuta, un montón de jerseys de lana y una historia que necesitabas olvidar.

día 244

Todas las cosas buenas de mi vida han pasado un martes. Por eso el día que te encontré en aquel bar con esas pintas de nordica que tú tienes, no pudo ser otro día de la semana. No serían más que las cinco de la tarde y tú estabas sentada en la barra tomándote un chupito de tequila tras otro. Sal, tequila y limón como única compañía. Creo que no he visto una imagen más triste en mi vida. Por eso a la quinta repetición no puede evitar dejar de mirarte desde la mesa de la esquina y acercarme a hablar contigo.

Me acerqué lentamente y me senté en el taburete que había justo pegado el tuyo. Giraste la cabeza y me miraste de arriba a abajo, como preguntándote que querría el pesado de turno.

-¿No crees que es un poco pronto para estar bebiendo tanto?- murmuré.

-En Oslo a estas horas ya es noche cerrada. -dijiste como única respuesta y sin más te giraste y le hiciste un gesto al camarero para que te rellenara de nuevo tu pequeño vasito. Al ver que seguía allí sentado mirándote te volviste a girar y dijiste tajante.- Es una celebración privada, ¿te importa?

-¿Y sé puede saber que celebras?.- pregunté.

-Hay cosas de las que es mejor no hablar.- dijiste y en ese momento te cambió la cara por completo. Pasaste de ser una zorra más de esas de la barra del bar a la chica más triste de la ciudad. Fue esa mirada la que me animó a quedarme allí sentado. Yo no sabía el porqué y tarde años en averiguarlo, pero lo que sí sabía es que haría lo que fuera por que no volvieras a poner esa cara jamás. Aunque, obviamente, no lo conseguí.

día 240

Siempre que alguien preguntaba tú sonreías y murmurabas: "Hay cosas de las que es mejor no hablar". Nunca olvidaré la tarde que confesaste la verdad. Aquel domingo de noviembre desayunábamos tortitas sentados sobre la cama a las cinco de la tarde, y es que no es fácil madrugar después de una noche entera de fiesta. Me encantaba mirarte llenarte la cara de nata, con aquella vieja camiseta mía que siempre que dormías en mi casa utilizabas de pijama. Entonces, de repente, sin que yo te preguntara lo soltaste todo. Hablaste de dos mil once, y de como el mundo se terminó un año antes de que lo predijeran los mayas. Hablaste de la primavera más fría de tu vida y no precisamente de aquella que pasaste en Oslo. Hablaste de venganzas secretas y de noches de lágrimas. Hablaste de huidas, de nieve, de olvido. Cuando terminaste de hablar yo no pude evitar abrazarte y acariciarte el pelo, parecías tan frágil. En ese momento, con los ojos apunto de llorar me miraste y dijiste:

-¿Sabes? Se puede seguir queriendo después del olvido.

Yo asentí, y es que tenías razón. En ese momento fue justo cuando lo comprendí. Aunque pasaran los años, aunque llegara el olvido, yo te iba a querer siempre.