Parte de ellos...

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día 231

Decían de su melena que era roja como la sangre, letal como el viento. Pero eso era sólo los que no habían visto su sonrisa, aquella sonrisa podría incluirse en el diccionario como sinónimo de letal, o quizás de erotismo. El otoño le sentaba mejor que a nadie, podías verla pasear entre las hojas caídas con su abrigo rojo y alguno de los gorritos de su colección. En los días de lluvia se calzaba sus botas impermeables y saltaba de charco en charco hasta terminar completamente empapada. Ese era su juego, era totalmente inocente, o eso te creías tú hasta que ya era demasiado tarde. Engatusaba a insensatos por las calles de Madrid, de esos que se creían demasiado hábiles para caer en las garras de una niña buena. Ellos creían que la tenían totalmente enamorada y, cuando se querían dar cuenta, estaban llorándola por las esquinas, buscándola en todos los tejados. Lo que no sabían es que ella guardaba un secreto. Hace ya algunos años hubo un él que la tuvo a su antojo, que la prometió bailar juntos en los charcos todos los días de lluvia y acompañarla siempre a contar las hojas. El problema, como siempre, es que luego él no se dignó a cumplir sus promesas. Después de aquello decidió vengarse en todos los pobres ilusos dispuestos a creer promesas, como ella. Y es que nadie es letal si no tiene un motivo.

día 202

Aparecía cuando menos te lo esperabas, nada más abrirla la puerta entraba parloteando acerca de mil locuras, más con ella misma que contigo, y te arrastraba a patearte Madrid, a un concierto surrealista o a una fiesta donde beberías más cerveza que en toda tu vida. Pero lo mejor era sin duda cuando te invadía la cama, sin que tu pudieras hacer nada por evitarlo.

día 194

En la mayoría de círculos de Madrid se la conocía como La Rompecorazones y contaba la leyenda que nada más saltar de la cama por las mañanas ya había pisado tres. Todo el mundo tenía siempre algo que comentar sobre ella, algunos para bien otros para mal. Ellas nunca llegaron a entender que era lo que tenía aquella niña boba, pero como siempre era pura envidia no otra cosa. Y ellos, pobres, siempre terminaban lanzando su corazón junto con su ropa a algún lugar del suelo de su habitación, y luego nunca se acordaban de recogerlo, por eso ella no podía bajar de la cama sin esquivarlos todos y siempre terminaba pisando alguno.